lunes, 18 de febrero de 2013

LA MERY JAIMES. ("Epílogo")

No guardé demasiadas expectativas respecto a mi salida con Holanda y los hechos que ocurrieron en ésta tampoco fueron más allá. Fue un momento tranquilo y si no fuera por lo novedoso que resultó ser el reencontrarnos ella y yo, hubiera sido algo monótono, y pese a que estuve a punto de echarlo a perder, tampoco eso cambió la dinámica.
Nos encontramos en la Estación Estadio del metro, para luego tomar un taxi en la carrera 70 que por la tarifa mínima nos llevaba hasta el centro comercial de marras ubicado al frente de la UPB. En el taxi sólo hablamos cosas referentes al trabajo y a sus horarios, me gustaba que fuera ella quien preguntara ya que yo no tenía ni idea de qué carajos podía yo hablarle.
Estando ya en el centro comercial, entramos a un local famoso por sus Waffles y Crêpes y allí comimos. En el lugar, ella me había contado que su madre recién se había estrenado en su nuevo empleo, sin embargo andaba muy mal de ánimo porque era la misma Holanda la que andaba sin empleo en ese momento. Después de terminar con los Waffles con helado, tuve la idea de que fuéramos al último piso. La zona de juegos y cinemas y buscáramos algo en qué divertirnos. A primera instancia nos divertimos jugando Hockey de mesa, quedamos empatados porque sentía pena con ella si jugaba con todas mis fuerzas. Luego nos fuimos a los carritos chocones, donde nos reímos mucho, y terminamos sentados en una banca del tercer piso hablando.
“Debes volver a casa y eso que ganas en tu trabajo deberías ahorrarlo para estudiar”
Insistía ella.
“Mis papás no tolerarían si viviera con ellos trabajando y sin aportar nada para la casa, no habría mucha diferencia”.
“Antes no mirabas a los ojos cuando me hablabas”. Dijo ella aludiendo a mi timidez.
No supe qué responder, sólo permanecí varios segundos contemplando su rostro, en donde podía percibir su peculiar belleza. Sentí deseos de acariciarla, de besarla, pero la sensatez hizo presencia en el instante y lugar.
“¿Tiene usted novio, Holanda?”. Pregunté para curarme en salud.
“Sí, pero desde hace muy poco ¿Y tú tienes novia?”
“No, aun no”. Respondí sin querer avanzar más en el tema.
“Cualquier chica estaría feliz de estar al lado tuyo”. Decía ella como si tratara de consolarme, cual si hubiese adivinado cuál era mi verdadera intención al haberle preguntado por su novio.
“¿Vamos arriba y vemos qué película hay en cartelera?, sería chévere si entráramos a cine”. Sugerí yo, buscando desviar el tema.
“Gracias, pero debo encontrarme con Daniel. (Así se llamaba el chico de la Universidad que ahora era su novio) a las 6 de la tarde, de verdad este encuentro tal cual como fue, ha sido espectacular, gracias, eres muy especial”. Dijo ella, besándome después en la mejilla.
Tomamos un taxi hacia el centro, donde no compartimos palabra alguna, sospecho que ella sabía que me sentía mal por lo de su novio, no obstante respetó mi silencio”. Después de despedirme de ella, en la calle Ayacucho, sector de San Ignacio, me acerqué a una confitería cercana donde adquirí una caja Tetrapack litro de vino tinto argentino importado y barato para tomármela yo solo en mi pequeña guarida de Prado Centro.
Esa misma noche mientras bebía y escuchaba mis cassettes, tumbado horizontalmente sobre mi cama, en el estado más etílicamente somnoliento, sentí como una desnuda figura femenina emergía desde la cabecera de mi cama y se deslizaba cual víbora sobre mi humanidad, acariciando con sus labios mi cuello orejas, mejilla y boca, deleitándome con el singular aroma de su piel y cabello.
“Mery, sé que no deberías estar acá, pero por favor quédate conmigo el tiempo que sea necesario”.
No respondió nada, sólo se aferró más a mi cuerpo, colocando su cabeza sobre mi pecho, bajo mi mentón, como si también estuviese ávida de sentirme a su lado.
Al día siguiente no encontré sobre mi cama rastro alguno de haber estado con alguien más, seguramente sólo se trató de un sueño. Amanecí con mucho dolor de cabeza y otros pequeños malestares relacionados con lo que estuve bebiendo solitariamente en la noche anterior, noche en donde sólo escuché buena música y caí dormido fácilmente ante el abrumamiento producido por la dosis de alcohol. Los domingos siempre acostumbraba salir por la mañanas, trotar hasta el estadio, hacer algo de flexiones y abdominales y regresar a descansar después de un pequeño almuerzo. Aquel Domingo no me sentí con muchos deseos de aguantar un trote hasta el estadio, no obstante sí logré llegar hasta allá pero caminando, no soportaba la idea de permanecer solo todo un día encerrado en un cuarto sin al menos un televisor que me distrajera. Es cierto que tenía radio, pero a esa hora la programación no era tan atractiva como para permanecer en casa escuchándola. Por la tarde regresé a casa donde permanecí escuchando fútbol por la radio y por la noche traté de leer para caer dormido tempranamente. Me asombré de mi mismo en aquella ocasión al haber pasado un día en completa soledad, donde solamente pronuncié 4 palabras (Las necesarias para comprar el almuerzo) y donde traté de no añorar ni a Mery, ni a Holanda, ni a mi familia.
Fui al trabajo el día después, y me encontré en un desconcertante escenario. El negocio de Mery estaba siendo desmantelado. Allí pude ver a Don Francisco, quien dirigía la operación y daba instrucciones a los trabajadores que metían toda la mercancía y muebles en dos diferentes camiones estacionados a la salida del lugar. Allí también estaba Isabel, al mando de su Twingo rojo, luciendo lentes oscuros. Cuando traté de ingresar al local, ella me llamó y fui hacia ella.
“No debiste dejar a mi mamá sola el otro día”. Me decía en un tono oscuro poco habitual en ella.
“¿Qué pasó?”. Pregunté yo.
De repente una voz se escuchó a lo lejos, era Don Francisco llamándome, al que acudí de inmediato.
Entramos él y yo al lugar y subimos al segundo piso donde estaba el taller de Mery completamente desmantelado, sólo había algunas sillas, de las cuales tomó una para sentarse y preguntarme:
“De acuerdo al tiempo que usted trabajó acá, ¿por cuánto cree usted que se le debería liquidar?”.
“No lo sé, deberíamos preguntarle a doña Mery”. Respondí.
“Mire muchacho, doña Mery no va a estar presente el día de hoy, con quien usted debe arreglar ahora es conmigo, y como usted ve estamos clausurando el local porque éste ya cumplió su ciclo…”. Hizo una pausa y me mandó una mirada inquisidora, y luego continuó a manera de ultimátum: “Porque lo que es a usted lo necesito liquidado de una vez por todas. No quiero volverlo a ver, lo quiero lejos de acá y de mi familia, así que dígame cuánto necesita, y piérdase para siempre”. Decía él, sacando de su portafolio una chequera y un lapicero.
“Para fortuna suya señor, no necesito dinero, además no creo que nos volvamos a ver, gracias”. Respondí, y  de inmediato abandoné el lugar sin darme el lujo de mirarle la cara que hizo al dejarlo con su lapicero y chequera listos para firmar.
En realidad no sé cuan pendejo o pusilánime pude haber sido yo al obrar de esa manera, por muy poco que me importara ese dinero, tenía derecho a recibirlo, pero tampoco quería sentirme como alguien que le arrojan monedas al piso, se agacha recogerlas mientras le pisotean, así como también estoy seguro de que al señor ese le valió huevo todo ese falso orgullo que traté de mostrar.
Al salir del lugar quise dirigirme hacia el carro de Isa, pero ella ya no estaba más allí.
Don Francisco custodiaba desde la puerta de lo que alguna vez fue el negocio de Mery, parecía como si no supiera a quien mirar, si a los trabajadores del camión o a mí. Sentí cierto temor, pensaba que en cualquier momento aparecerían unos motonetos y me dispararían, pero pude terminar de andar la cuadra tranquilamente.
Antes de doblar la esquina de esa cuadra había una pequeña cafetería, desde la cual me llamaba una voz familiar.
“¿Si supo lo que pasó?”. Preguntaba Ruby, quien se encontraba allí tomando una bebida caliente, tinto o aromática, algo así, y luciendo un semblante bastante preocupado con ojos llorosos sin saberse si era por Mery o porque sencillamente también se había quedado sin empleo.
“No tengo ni idea, fui a averiguarlo, y el señor ese casi me saca a patadas”. Respondí.
“Mucho hijueputa, él desde hace años venía cayéndole al negocio”. Se quejó ella.
“¿Pero por qué están clausurando el negocio?, no entiendo ¿Mery te dijo algo?”. Preguntaba yo.
“Mire, el sábado pasado, a eso de las 2 de la tarde, una clienta entró a la tienda, al ver que no había quien le despachara, ni le contestara los saludos, miró a su alrededor, y se encontró a Doña Mery inconciente, tirada detrás del escritorio. Inmediatamente llamó a emergencias y una ambulancia se la llevó. Eso es lo que me han dicho los vecinos del sector, ni Don Francisco ni Isabelita han querido decir qué pasó con ella después, hasta ese pendejo me habló de la manera más grosera, lo que medio alcancé a escuchar fue que le dio un derrame o algo así, y tiene mucho sentido porque ella se quejaba mucho que le dolía la cabeza”.
La señora empezó a sollozar y empecé a sentirme mal yo también.
“Cuídese muchacho, y que la virgen me lo acompañe de aquí en adelante”. Entendí que con esa frase ella quería decir que me tenía que ir. La besé en la mejilla y abandoné el lugar sin dejar de mirar atrás a la expectativa de algún sicario motorizado que pasara, pero que nunca apareció.
Me sorprendió la tranquilidad con que estaba enfrentando yo aquellos eventos, sin embargo a medida que el bus del Poblado con dirección al centro avanzaba (Tenía miedo de andar a pie), mi interés acerca de lo de Mery mudó de indiferencia a consternación.
Media hora más tarde me encontraba en la casa de mis padres conversando con mamá, quien al verse contenta de verme hacer visita, no tardó en servirme un montón de comida y mostrándose sorprendida ante la noticia de Mery, a quien empezó a llamar por teléfono repetidas veces sin que le llegasen a contestar.
“¿Ahora qué vas a hacer sin trabajo?”. Preguntaba ella.
“Quizás pedirle trabajo a un amigo que tiene un bar en el centro”.
“¿Y sí crees que te lo dé?
“¡Seguro!”. Respondí.
“Ojalá, con tal de que no se vuelva a montar a cantar en los buses”
“Tranquila, ya no tengo guitarra”.
Mientras trataba de comer sin mucho apetito lo que ella me había servido, sólo para no desagradecerle, ella seguía insistiendo en el teléfono, en procura de noticias acerca de Mery, así como lo estuvo haciendo por algunos días más, hasta que el teléfono empezó a sonar como si estuviese ocupado o cortado.
“¿Qué le habrá pasado a la pobre Mery?, esto si que está bien extraño”. Reflexionaba ella y remató con su recurrente recuerdo de infancia donde evocaba sus años de juventud al lado de la joven Mery Jaimes. "Y es que la Mery Jaimes fue muy bonita, odiada por unas, admirada por otras, sin embargo todas queríamos ser de algún modo como ella".
También evocaba la manera impecable como su madre (La tía Piedad) la enviaba al colegio, con un delantal bellamente confeccionado que a la hora de hacer trabajos artísticos le mantenían impecable su uniforme, cuidaba de su cabello para que se viera más largo e imponente que el de las otras compañeras, en los festivales de talento, en las izadas de bandera , y hasta en el concursos de la niña más linda del colegio, ella siempre se destacaba, uno de sus padres era intérprete de música tradicional y andina, y ella cantaba con él y participaban en festivales de la canción, hasta incluso llegaron a salir en la televisión.
Y remataba diciendo: “Aahh que linda era la Mery Jaimes, si hubiese tenido una hijita, la educaría para que fuera una niña tan linda y buena como lo fue ella."
Al terminar la visita a mi madre, y al verme sin nada qué hacer me fui a descansar a mi lugar de refugio, donde mi estupor por lo ocurrido se transformó en una profunda nostalgia, recordando los mejores instantes que compartía al lado de Mery y tratando de entender lo que sentía por ella.
No logré enterarme de noticia alguna relacionada con Mery Jaimes, por lo mucho o poco que haya tratado de indagarlo después, pero tampoco averigüé demasiado.
El mes ya estaba en su tercera semana y aun no había reunido el dinero faltante para pagar un mes más de arriendo, incluso había gastado parte de este ahorro en mi salida con Holanda, y ahora estando sin trabajo, veía como finalmente los problemas arribaban a mi estancia. No quería regresar de vuelta a casa de mis padres habiendo fracasado.
Pensé en el Cómics Bar, y proponerle a Chucky mi “proyecto” como solitario, aunque sabía que sin Mery me costaría mucho lograr un show de calidad, además me sería un poco incómodo tener que estarle pidiendo prestada una guitarra cada vez que quisiera tocar en su bar, “ojalá me permitiera trabajar asi fuera de mesero”, pensaba yo. De repente recordé la guitarra eléctrica que Mery utilizó para nuestra presentación y que se llevó consigo aquella madrugada después de esa larga noche que pasamos juntos, de repente también recordé la otra guitarra que ella me prestó, aquella vieja y fina guitarra española que la acompañó desde su juventud, y que tuvimos que descartar para dicha presentación, y que finalmente tuve que guardar debajo de la cama. Inmediatamente me asomé debajo de la cama y allí aun estaba ese estuche, el cual sin dejar yo de estar sorprendido al verlo aun allí, procedí en abrir. Mientras sacaba de allí el instrumento y luego lo afinaba, el aroma de madera fina de la guitarra, parecía ser la impronta de los mejores momentos de mi hermosa amistad con Mery, me llené de nostalgia, que decidí tocar una canción para revivir esos momentos. Al día siguiente madrugué con la intención de ir a San Joaquín a devolver el instrumento y averiguar noticias recientes acerca de ella, sin embargo por mucho que haya intentado romper la promesa que le hice a Don Francisco llamando desde el teléfono público de la calle, y al no hallar respuesta alguna a mis llamadas telefónicas, decidí quedarme con la guitarra, hasta que algún día o alguien (Ojalá la misma Mery Jaimes), fuera en mi búsqueda para reclamarla. Aun la estoy esperando.
Al no tener nada más que hacer esa mañana, me aventuré a buscar una forma de ganar dinero y conseguir lo que me faltaba para el arriendo. Me sentía avergonzado de tener que volverme a montar en los buses a cantar viejas canciones, que permanecí media hora sentado en una banca del Parque del Periodista, dejando pasar más de 3 buses de Circular Coonatra, ya que aun no había reunido el valor suficiente para aceptarlo y asumirlo nuevamente. Mientras permanecía allí sentado, tratándome de animar por medio de los arpegios que le sacaba a la hermosa guitarra, una flauta cercana se dejó oír tratando de de homogeneizar su dulce sonido con las notas de la guitarra.
“¡Holanda!, ¿Va para la U?”. Le pregunté yo, tratando de ocultar mi asombro.
“Si estuviera yendo hacia la U, el bus lo tomaría en la otra cuadra, en el Palo”.
“¿Qué cuenta de nuevo?, ¿a qué debo el gusto?”. Pregunté.
“Bueno, no tengo trabajo, y debo buscar una forma de ganar algo para ayudar a mi mamá, por ahora, toca subirme a los buses a tocar una melodía con la flauta y cantarles a capella otra canción”.
“Entonces usted es mi competencia porque también me quedé sin trabajo, clausuraron el negocio donde trabajaba”. Dije aguantándome la vergüenza de hacerle saber que mis cosas no andaban bien.
“Oh, qué lástima, pero en realidad no me interesa ser tu competencia, porque aprovechando que por alguna razón estamos nuevamente acá reunidos, te quiero preguntar si me puedes dar trabajo, creo que quizás necesites una buena vocalista”. Sugirió ella.
No lo pensé demasiado, sólo respondí: “No hay tiempo para ensayar, allí viene otro Circular”.

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6 comentarios:

Cyane-.Blanne dijo...

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